No digas ni una sola palabra – Crónicas Moan (by Eme)

 

No digas ni una sola palabra – Crónicas Moan (by Eme)



Las burbujas del Moët & Chandon le bailaban en la cabeza y provocaban chiribitas tras sus ojos maquillados, aunque no brillaban con tanta intensidad como las lentejuelas del traje que vestía.

Adele, cansada y escalfada por el alcohol que había consumido en aquella fiesta de Nochebuena organizada por los Baker, se descalzó los peeptoes y los dejó en el recibidor. Con las medias lamiéndole las piernas bajo la estrecha la falda del vestido, se adentró en el salón presidido por el iluminado abeto navideño, junto al piano de cola. Tomó asiento en el sofá y soltó el bolsito de mano sobre la mesita central. En silencio, se quedó mirando la chimenea apagada, fría de fuego. Justin seguía en Alaska e incomunicado a causa de una ventisca, y ella, bien, ella…

Por una de las esquinas del bolsito asomó el bastón de caramelo que Adele se había traído consigo. Sí, ahí estaba, saludándola y refrescando viejos recuerdos navideños que implicaban un Halls negro y la lengua de Justin.

—Quizás… —musitó Adele, estremecida por la remembranza.

Extendió la zurda, sacó el candy cane del bolso y lo observó en un revuelo de pestañas embardunadas de rímel. El año pasado, en la misma fecha pero no a la misma hora, su recién estrenado marido había estado tocando la melodía All I Want for Christmas Is You en el viejo Steinway & Sons mientras saboreaba ese caramelo. Y, poco después, se las apañó para tumbarla a ella sobre la tapa superior del instrumento, separarle los muslos y despojarla de la ropa interior para lengüetearle el sexo. Más allá de la propia Adele, ¿quién podía vanagloriarse historias de sexo de haberse corrido tendida sobre un piano y a golpe de ráfagas mentoladas?

Fuera, en la calle, al otro lado de las ventanas, la noche era extraña. Nevaba, algo harto inusual en el mes de diciembre en Londres, y el frío entelaba el cristal, arañando para combatir al calor que se estaba gestando en el apartamento y que la mujer emitía.

Excitada, Adele se puso en pie y agitó las estrechas caderas mientras se subía la falda del vestido sin soltar el bastón.

«Clic, clic», chistaron los cierres que unían las medias al liguero.

Se bajó el culotte y expuso el peculiar monte de Venus. Peculiar, pues ella había hecho que le rasuraran el vello tono caoba para que imitara la silueta de un árbol de Navidad; todo fuera por hacer la gracia con el esposo que no esperaba que, para entonces, siguiera ausente. Adele se acomodó en el sofá, panza arriba, y con las ondas al agua peinadas en su lustroso cabello nadando sobre el cuero del mueble.

Las bolas colgadas del abeto, como un testigo silencioso, reflejaban con su brillo y en distintos colores lo que acontecía en el sofá…


Adele se llevó el candy cane a los labios y lo relamió; las rayas rojas a lo largo del bastón se fundieron con las blancas al penetrar en la femenina boca en un acto hipnótico, psicodélico. Empleando un solo dedo, retuvo el dulce por el extremo curvo, acogió el bastoncillo sobre la sinhueso y lo rozó contra el palar para sorberlo. El mentol le refrescó las papilas gustativas y las apremió a salivar. Nada disimulados, los tirantes del vestido se le escurrieron por los hombros y permitieron que se entrevieran las sonrosadas sombras de las areolas.

«¡Pop!», prorrumpió el candy cane al romperse el vacío que ejercían los regordetes labios de Adele y el preciado marfil de los dientes.

La mujer, azuzada por el deseo que le achicharraba las meninges, le desgastaba las espuelas y le fundía el vientre, condujo el bastón hasta el nacimiento de los íntimos pliegues y lo paseó por encima del picudo clítoris, casi podría decirse que afilado, dada su erección.

—Señor… —jadeó, tal vez con cierta irreverencia en tales fechas. Jugueteó con el caramelo, paseándolo entre los labios mayores y menores, y tanteó la entrada de su coño sintiendo los efectos del mentol, que le enfriaba y, a la vez, le calentaba la piel.

Diminutas gotitas de rocío entelaron los cristales de la estancia, escurriéndose, deslizándose por la húmeda y lisa superficie…


Adele se estremeció y se dentelló el labio inferior, mancillándose las paletas de carmín. Creó círculos, presionando un tanto contra la abertura para retirarse a continuación. Entrecerró los ojos e impelió la puntita del candy cane entre sus carnes, para penetrarlas. Instintiva, su vagina apretó y recibió al bastoncillo, empujándolo más y más hacia adentro. Este, en consecuencia y a causa de la humedad, liberó el rico peppermint y se fusionó con el translucido flujo.

El fuego que faltaba en la chimenea se tornó totalmente innecesario en comparación con el que crepitaba en lo más hondo de la fémina que se masturbaba en el sofá.

—Me voy a correr, me voy a correr —gimoteó, anunciándoselo al silencio o, mejor dicho, a un Justin lejano y, sí, también a Mariah Carey en alusión a la dichosa canción. Oh, Adele estaba tan excitada que podría fundir a Frosty The Snowman con solo mirarlo. Trémula, y oyendo cómo sus jugos mojaban el cojín bajo su trasero, se folló con más rapidez, empujando el caramelo en su interior. Calor, frío, la combinación de ambos estaba consumiéndola desde lo más profundo de sí.

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