Feliz cumpleaños, pequeña mía – Relato erótico

 





Cada una de las llamitas de las velas que representaban, a su vez, cada una de las primaveras vividas, brillaban dispuestas sobre la tarta de cumpleaños en aquel comedor a media luz.

–Ve a la mesa –instó el Señor, extendiendo el brazo zurdo en su dirección, mientras, disimulado, giraba en el interior de la mano derecha un pequeño mando, como el tramposo que se esconde un as bajo la manga.

Alba, vestida de cruda y pálida desnudez, viró la testa, lo miró y contuvo la respiración al verse reflejada en los insondables ojos verdes de él. Ni el pulido metal de las pinzas mordiéndole los pezones, el del collar en torno a su fino cuello o el pequeño aunque pesado butt plug, que dilataba lo angosto de su recto, resplandecían con tal vigor como lo hacían los iris de este. En silencio, inició el camino a la mesa.

El Señor permaneció ahí, de pie y quieto, observando el bamboleo de la larga trenza de la sumisa marcando las horas en un erótico tic-tac. Las comestibles nalgas, lamidas por el rubor infligido por un fino látigo, bailaron gelatinosas a cada paso que la fémina daba, flotando sobre los disparatados stilettos. Él, con la americana abierta, introdujo ambas manos en los respectivos bolsillos del pantalón, abombando un tanto la tela que, así y todo, no fue capaz de disimular la creciente erección.

El iluminado pastel cumpleañero aguardaba emanando un rico aroma a amaretto, alardeando de su muy buena elaboración en base al clásico tiramisú.



–Bien, ducc —asintió el Señor cuando Alba arribó a la mesa y se detuvo al lado de la silla ajustada debajo de esta. La luz de las velas iluminó el bonito rostro de labios coloreados de carmín, y él marchó a su encuentro. –Siéntate –ordenó, retirando la silla y ofreciéndole el asiento.

–Mi Señor… –musitó Alba con un veleidoso hilillo de voz al reparar en la forastera silla de madera austera, exenta de embellecedores, y en cuyo asiento se erigía un ciclópeo vibrador (mal llamado) realístico. Era negro, refulgente y pendenciero, historias de sexo y estaba sujeto a la madera gracias a una potente ventosa. Con los cristalinos acuosos y enrojecida hasta las puntitas de las orejas, buscó algo de calma en los océanos que él tenía por ojos. No obstante, en ellos solo encontró tormenta. Un escalofrío le recorrió el espinazo, le contrajo el invadido recto y le provocó un profundo pálpito en lo abisal del coño, que, en respuesta, lloró un límpido chorro de flujo.

–Vamos, vamos –canturreó el Señor con obvia sorna. Disimulado, alejó el mando y lo dejó junto al encendedor de las velas y la cuchara de postre. Chascó la lengua y, tomando a la sumisa por los hombros, la situó ante la silla para que únicamente tuviera que agazaparse y sentarse. –Separa los muslos –mandó, ladeándose y empleando el reverso de una de sus grandes y atezadas manos para acariciar el nacimiento de las rotundas tetas. Descendió por la curva natural de la más próxima, esquivando el pinzado guijarro. –Más –exigió, no contento con la sutil distancia que esta estableció entre las trémulas carnes.

Alba cedió; cedió acatando el mandato y no sin gimotear. Contrajo el abdomen, temiendo descompensarse sobre la cresta de los tacones y, entonces, distendió la fuerza en las rótulas, abrió las piernas y quedó expuesta.

–¿Tan pronto lloriqueas? –preguntó el Señor sin esperar respuesta. Si hubiese querido el silencio ahogado, estrangulado por una ball-gag, Alba ya luciría una de la que se descolgarían filamentos de baba, los cuales, por cierto, combinarían a la perfección con la tonalidad ruborizada de su rostro. Sin embargo, no deseaba su estruendoso silencio. Bifurcó la diestra por el femenino costillar, y de este bajó nadando por la suave curva del hirviente vientre de ella. Un perfilado triángulo velloso apuntaba al sexo; cabe decir que, desde su altura, la inclinación de su testa y la posición de la sumisa, él veía con nitidez la agitada arista del clítoris y lo abultado de los henchidos labios vaginales. –Siempre armando escándalo –dijo, eximiéndose de cualquier cargo que lo implicara en los alborotos de ella y siendo obviamente culpable de todos y cada uno de ellos.

–Es muy grande, mi Señor –gimoteó Alba en alusión al vibrador. –¿Y si no me cabe? –musitó con un candor impropio a su actual imagen, desnuda, dentelleada por pinzas y con el recto taponado por el aguzado botón.


Quizás, en un arranque desmedido, el Señor rio. La blancura helada de sus dientes cabalgó sobre la rosácea sierra de las encías y finas líneas de expresión le horadaron las esquinas de los verdosos ojos.

–¿Muy grande? –vocalizó a trompicones, sacudiendo porno italiano la cabeza regada de un corto cabello negro, ligeramente ondulado. –Oh, perra, qué mala memoria tienes –soltó, frotando la barba contra el moflete de esta. Rescató la diestra de las marismas del vientre de Alba y decidió bucear entre sus húmedos pliegues. Tanteó la estrecha raja y empujó al interior solo media yema del dedo índice.

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